(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)
“En la Cruz está la salvación”, nos repetía una y otra vez el sacerdote que ha acompañado a mi comunidad en los últimos años. Qué difícil es, sin embargo, para mí, resistirme a querer entender el misterio de la Cruz y de la Redención. Renunciar a analizarlo y comprenderlo hasta que dejase de ser un misterio, hasta que la cruz dejase de ser escándalo y contradicción. Casi tan difícil como lo es aceptar la cruz que de verdad nos corresponde, la que nos sorprende, en lugar de aquella otra que casi esperábamos y que, ciertamente, pensamos que “nos va mejor”.
Este sacerdote ha sido para nosotros, sin embargo, un ejemplo vivo -humilde como todo él, sin estridencias ni aspavientos- de serena aceptación de su cruz. Justamente en el momento más inesperado, en el menos oportuno. Justamente donde menos cabía esperarla, en lo más desconcertante: no reclamaba un gesto heroico, sino sólo paciencia, abajamiento, humildad. Él se limita a sobrellevarla con amor, lo mejor que puede, que es bastante.
Ejemplos así, y tengo otros, son los que me ayudan en mis propias cruces. Esas que yo veo que “no encajan” conmigo, que me desconciertan, que arañan día a día mi espalda y mi corazón. Esas que a base de acompañarme van terminando por ser “mis” cruces. Algunas tienen que ver con el compromiso en lo social, algo que yo no he buscado, sino que me ha salido al encuentro. Muchas veces miré para otro lado, volví a mis ocupaciones y distracciones, antes de que el Señor consiguiera involucrarme y comprometerme con los problemas y las causas de las víctimas y los empobrecidos de este mundo nuestro.
Pero mis cruces siguen ahí. Yo no entiendo por qué, no vislumbro adónde llevan. Gracias a Dios, mis hermanos en la fe me han enseñado a fiarme del que sí sabe, del que ya se entregó una vez por nosotros y lo sigue haciendo, cada día. Por eso yo procuro agarrarme a Él y no soltarme, con mis cruces a cuestas.
Yo bendigo al Señor por aceptar llegar hasta el final del camino de la entrega por amor, y le pido que nos aumente la fe para poder llegar cada uno de nosotros hasta la medida que sólo Él conoce.