(hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro y directivo de movimientos sociales, y de grupo cristiano)
Tendríamos que pensar que si un indicativo de la fidelidad de nuestro cumplimiento de la misión, de nuestro seguimiento de Jesús, fuese la experiencia de persecuciones, de estar perseguidos por todos aquellos cuyos egoísmos, componendas y malas artes quedan al descubierto ante nuestras palabras y gestos de verdad y de denuncia, si eso fuera así (y así debería ser), entonces mal andan nuestra misión y nuestro compromiso evangélicos, y nuestra denuncia del egoísmo y de la injusticia.
Y quizás lo peor de esta situación es que, generalmente, los cristianos de hoy no nos encogemos ante la amenaza de las persecuciones. No hace falta. Basta con nuestros propios miedos ante las dificultades que nos podría acarrear una vida fiel a Jesús y a su Evangelio. Abandonar nuestro confort y nuestra comodidad, comprometernos con asuntos y actitudes que no sabemos bien hasta dónde podrían llevarnos (es decir, perder “el control” de nuestra propia vida), tener que dejar a un lado esa seguridad que buscamos encontrar en los bienes materiales…
Con éstos miedos suele ser suficiente para que los cristianos nos autodesactivemos y nos convenzamos unos a otros, y cada uno a sí mismo, de que es posible “creer” en el Señor sin tener que seguir sus pasos. Una actitud que es denunciada y contestada por el mismo Jesús en otros pasajes evangélicos.
Sin embargo, nuestro mundo de hoy, nuestra sociedad, necesitan con urgencia personas comprometidas y entregadas al servicio de la Buena Noticia y del Reino, y valientes y con coraje para desenmascarar las actitudes, componendas y estructuras que deshumanizan nuestro mundo. El Señor nos invita a hacer todo esto “en pleno día” y sin miedo.
Yo le doy gracias al Señor por tantos testigos que nos muestran que sólo el que entrega su vida la salvará, y le pido que nos envíe su Espíritu para que nos guíe y nos fortalezca en esta misión, y que nos conceda mantener una relación fuerte, cercana y constante con Él, con nuestra comunidad y con la Iglesia, para que esta misión a la que se nos envía no sea para nosotros algo carente de significado y de arraigo.