(matrimonio, padres de dos niños, trabajan ambos, pertenecen a comunidad cristiana)
En ocasiones somos testigos de que una desgracia en una familia, puede producir o bien, que el matrimonio se una mucho más ante el dolor y superen juntos el infortunio, o por el contrario, el hecho por el que han pasado termine minando la relación, echándose la culpa unos a otros de lo vivido. Aunque, gracias a Dios, no nos ha tocado vivir una situación terrible, sí que nos sirve como garantía, no como consuelo, sí como esperanza, la fuerza en la que se asienta nuestro amor, que ha superado circunstancias, no graves desde luego, pero sí sombras, lluvias, vientos, salidas del río, como dice el evangelio. El amor de Dios impregna cada uno de los “poros” de nuestra vida. En Él confiamos, en Él esperamos, es Él el hilo invisible que sostiene nuestra existencia y nuestro amor. Cimentada nuestra relación en tal roca, nuestra esperanza se mantiene firme y no nos va a eximir de vivir dolores, sufrimientos, períodos de infecundidad, períodos de desierto…, pero, al menos, da razones para no hundirse.