SEGUNDO PASO: MEDITATIO

¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.


DESDE LA FAMILA
(Matrimonio, trabajan ambos, tres hijas, pertenecen a movimiento seglar)  

Para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. El texto hace que nos preguntemos si nuestra familia es testigo de esa verdad a la que se refiere Jesús, o, si al menos, estamos trabajando para que lo sea.

Un testigo ha de dar noticia sobre un hecho conocido por él, supone, por tanto, que  tiene un conocimiento, una experiencia previa; así pues, un “testigo de la verdad”  ha de haber conocido, experimentado, esa verdad que ha de testimoniar.

Descubrir, experimentar esa verdad de la que nos habla el Evangelio, vemos que pasa por saber que, en última instancia, no pertenecemos a este mundo, que venimos de Otro, que pertenecemos al Reino de Dios. Tal convicción ha de llevarnos a una cierta vivencia interior de “exilio”, a sentirnos de algún modo exiliados de nuestra verdadera Patria, la que llevamos en el corazón incluso sin darnos cuenta y, como todo exiliado, a querer volver a “casa”. La Buena Noticia es que lo tenemos al alcance de la mano, que el camino hacia el Reino parte del propio interior, porque en “Dios vivimos, nos movemos y existimos”.

El obligado desenvolvimiento en el mundo hace que nuestra familia esté demasiado impregnada de lo mundano, que tendamos a echar raíces aquí, a no ver más allá, y que en el día a día olvidemos recordar que solo estamos de paso, sentirnos “turistas” en nuestras vidas. Este texto nos ha refrescado la memoria y hecho que surja el propósito de recordarnos unos a otros que en realidad somos ciudadanos del Reino, y esa certeza, estamos convencidos, nos llevará a actuar como tales.

DESDE LA MISIÓN
(Mujer, divorciada, trabaja, dos hijos, participante en experiencias misioneras, pertenece a grupo seglar)

Cada vez que ocurre algo difícil de asimilar, tendemos a pensar ¿cómo puede permitir Dios que pase esto? Seguro que estos días lo hemos escuchado muchas veces, ante la barbarie del terrorismo. Y es normal que desde nuestra naturaleza humana se nos suscite ese pensamiento. Hasta Jesús le pidió al Padre que pasase de él ese cáliz… Pero él mismo nos demostró, con sus palabras y con su vida, que su reino no es de este mundo, aunque no por ello dejemos de ser sus hijos predilectos, y por ello entregó su vida por nosotros. Estamos aquí para llegar a ese reino, que no es de este mundo. En nuestra cortedad mental a veces pensamos que nuestra vida es la mejor y que cualquiera que no alcance nuestro nivel de bienestar y desarrollo no puede ser feliz ni vivir en plenitud. Al llegar a la tierra de misión te pasa algo así. Se te empiezan a ocurrir cosas que cambiarías, que solucionarías fácilmente con tu paga semanal, piensas a ver qué cosas podría hacer a la vuelta en mi tierra para solucionar este problema, apoyar este proyecto, etc. Y todo eso está muy bien, y es de justicia que hagamos algo para eliminar todas esas desigualdades que son consecuencia de un modo de vida por encima de las posibilidades de nuestra casa común. Pero no nos podemos quedar sólo ahí, porque el reino al que tenemos que tender trasciende todas las miserias humanas con las que nos crucemos, y desde la mirada del reino, nuestra vida aparentemente exitosa puede ser la más miserable si no sabemos llevar por bandera lo mejor que tenemos, además de nuestro apreciado bienestar. Y lo mejor que tenemos es nuestra condición de hijos predilectos de Dios. Sólo llevando eso por delante estaremos trabajando por el reino. Y sólo desde esa mirada podemos convivir con la gente del Sur sin que se nos revuelva el estómago al pensar en todo lo que nos sobra aquí, todas las necesidades creadas que nos inventamos cotidianamente. Morris, un joven padre de familia me preguntaba en Zimbabwe cuántas vacas podría llegar a tener una persona en mi tierra. Era su forma de medir la riqueza. Para ellos tener una vaca es como para nosotros tener unos ahorrillos en el banco, que te dan seguridad. Si tenías varias vacas es que eras una persona bastante afortunada. ¿Cómo explicarle que aquí mucha gente no había visto una vaca en su vida? Y preguntaban qué sembrábamos. Ellos comen gracias a lo que siembran. ¿Cómo explicarles que vivíamos sobre un suelo de cemento, y que podrían pasar semanas, meses o años sin que pisásemos un trozo de campo? Pero había algo en lo que nos entendíamos perfectamente, y era cuando nos sentábamos juntos a rezar. Daba igual que nuestros idiomas fuesen diferentes, y no supiésemos interpretar lo que estaba diciendo el otro. La cadencia del sonido, la mirada, la postura, la alegría, el baile, el recogimiento, y las pocas palabras que unos y otros íbamos aprendiendo, nos unían en una misma alabanza y en una misma esperanza. La esperanza de encontrarnos un día con Dios en ese reino que no es de este mundo.


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