¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
DESDE LA FAMILA
(Matrimonio, trabajan ambos, tres hijas, pertenecen a movimiento seglar)
Este pasaje nos lleva a constatar la necesidad de revisar las razones de nuestro seguimiento, las que podemos estar testimoniando, de manera consciente o inconsciente, a nuestras hijas; a vigilar la pureza de nuestras intenciones; a querer desterrar lo que el mismo pueda tener de interesado, de búsqueda de seguridades en el “Más Allá”. Nos gustaría no hacerlo “para heredar”; querríamos no utilizar nuestro seguimiento como moneda de cambio (“ya ves que nosotros…te hemos seguido”), esperando nuestra recompensa; que obtener “vida eterna” sea la consecuencia, no lo que lo motiva. Querríamos, al igual que esperamos de nuestras hijas una confianza ciega en que queremos lo mejor para ellas y se dejen llevar por nosotros, proceder de ese modo respecto de Dios; querríamos que nuestra fe estuviera impregnada de confianza en el Padre Bueno, abrirnos a Él, permitir su acción en nosotros (“Es imposible para los hombres, no para Dios”), y saber reconocerla cuando se produce, no poniéndonos nosotros las medallas; querríamos dejar de ver el Reino como un “futurible”, porque Jesús nos dice que podemos entrar en él ya (“recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más”), y a estas alturas deberíamos ya saber de Quien “nos hemos fiado”.
También nos confronta con nuestra labor “evangelizadora” en casa; o, más bien, con nuestra labor poco o nada “evangelizadora” en casa; con lo poco que mostramos la puerta de entrada al Reino a nuestras hijas. Seguimos buscando seguridades en lo que el mundo y el dinero nos ofrecen para nosotros y para ellas; en estos momentos, especialmente para ellas; queremos que les vaya bien en sus vidas, y para ello (y eso nos sirve de excusa), fomentamos actitudes orientadas a la obtención de esas seguridades (un trabajo seguro, una casa segura,…), olvidando con demasiada frecuencia recordar que, una vez obtenidas, no han de quedar en beneficio exclusivo de ellas, que han de revertir en utilidad de los que no las han podido alcanzar o a los que circunstancias de la vida se las han arrebatado.
Por último, nos damos cuenta que, en el fondo, lo que pensamos es que ese “despréndete de todo y sígueme” no puede ir con nosotros, que tenemos una familia, unas hijas de las que cuidar, proveer a sus necesidades. Y se nos viene a la mente el testimonio de una familia amiga de la nuestra que, tras vivir solidaria y austeramente todo el año, al final del mismo, lo no gastado, no lo meten en una cuenta de ahorros a su nombre, sino que lo donan; o el de aquellas otras familias que se van al completo, hijos pequeños incluidos, de misión o a trabajar con alguna ONG en primera línea de necesidad …
DESDE LA MISIÓN
(Mujer, divorciada, trabaja, dos hijos, participante en experiencias misioneras, pertenece a grupo seglar)
Cada vez que leo la narración de este encuentro de Jesús con el joven rico, me gusta imaginar que cuando llegó a su casa, lo estuvo reflexionando, puso sobre la balanza lo que ganaba y lo que perdía, y no tuvo duda: eligió seguirle. Quizás no hemos vuelto a saber de él a través del Evangelio porque quedó como una persona anónima; no fue uno de los discípulos principales, pero quizás sí una de las muchas personas que, una vez que se encontraron con Jesús, no pudieron volver a apartar su mirada de Él. Este año celebramos el año de la vida consagrada, y muchas veces identificamos a las personas consagradas como las únicas que lo han dado todo, o lo dan todo. Un ejemplo muy claro son las misioneras. Cuando estás a su lado y las ves cómo se entregan, cómo han renunciado a todo, es fácil identificarlas como las personas que lo han dejado todo y han seguido a Jesús. Pero cuando nuestra mirada es capaz de penetrar más hacia el fondo de la realidad, se puede ver la entrega absoluta de otras muchas personas que quedan normalmente en el anonimato. Nos lo decía hace muy pocos días una misionera que ha estado más de cuarenta años en África, absolutamente entregada a su misión de sanar. Nos lo decía con toda su humildad: “no hubiéramos podido hacer nada sin la ayuda que desde España nos mandaban continuamente, a lo largo de décadas, un grupo de personas que allí nadie llegó a conocer, pero que fueron tan necesarias como nosotras”.
Jesús sale continuamente a los caminos, y una y otra vez nos invita a seguirle. Y también nos da su mensaje esperanzador: Para Dios nada es imposible. En nuestras manos está escuchar y aceptar su llamada; como laicos tenemos un papel esencial y precioso en la construcción del Reino. Podemos llegar a tantos sitios que necesitan una mirada de cariño, como la de Jesús para con el joven rico. No desperdiciemos esa oportunidad.