SEGUNDO PASO: MEDITATIO

¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.


DESDE LA FAMILA
(Matrimonio, trabajan ambos, tres hijas, pertenecen a movimiento seglar)  

“Lo que Dios ha unido (nos impresiona sabernos llamados por Él, que nuestro matrimonio es fruto de una vocación, de una inspiración del Espíritu) que no lo separe el hombre”.

Hace años, en una sesión de la Escuela de Padres del colegio de nuestras niñas, los ponentes, un matrimonio de reputados terapeutas, nos dijeron: “En el matrimonio no basta con querer; hay que QUERER QUERER”.

Aquello nos marcó con la fuerza de la evidencia y siempre lo tenemos presente; somos conscientes de que la fidelidad a nuestro compromiso pasa por ser pro-activos; que debemos asumir la responsabilidad de hacer que el amor entre nosotros suceda; que no basta con aguantar por aguantar; sino que hemos de tener voluntad de ir más allá, de regenerar el querer, de recrear el querer; en definitiva, aquello de “regar la plantita para que crezca”, nada nuevo, pero formulado de aquella manera nos sirvió para interiorizarlo.

Indudablemente hemos tenido nuestros momentos de crisis (y aún nos queda mucho camino por andar), pero siempre lo tuvimos claro: seguiríamos adelante  Desertar del matrimonio es abandonar una oportunidad de crecer en amor, el auténtico sentido del don de la vida; el matrimonio y la familia son la mejor escuela de amor; donde se da y se recibe con mayor pureza (siempre mejorable); donde se constatan sus saludables y reparadores efectos. Por eso mismo vemos que son el mejor “lugar” para encontrarse con el Amor; para “encarnar”, comprender y detectar el amor de Dios, ese que nos muestra Jesús. En el matrimonio, dándonos, lo expresamos; recibiendo, lo contemplamos en el otro. Como padres podemos entender aún mejor el amor del Padre de todos; y, al retornarnos el de nuestras hijas, comprendemos mejor como debemos sentirnos respecto de Él: seguros de su cariño, confiados, e intentamos imitarlas, recuperando aquellos sentimientos de nuestra propia niñez, para sabernos en el Reino.


DESDE LA MISIÓN
(Mujer, divorciada, trabaja, dos hijos, participante en experiencias misioneras, pertenece a grupo seglar)

Los fariseos siempre andaban intentando buscarle las vueltas a Jesús, pillarle en algún desatino, pero él siempre sabía cómo responderles, muchas veces para desconcertarlos.  Buscaban ver si cumplía la ley, si no decía nada en contra, pero la misericordia y el amor de Dios son muy superiores al alcance de nuestras estrechas mentes humanas. Queremos medirlo todo por unas normas, que muchas veces deshumanizamos y nos impiden ver lo más esencial de las personas; la profundidad del sufrimiento de su corazón; la dureza de sus vidas; su lucha por salir adelante. Cuando la vida se desarrolla en un ambiente mucho más sencillo que nuestra compleja sociedad “avanzada”, se entiende mejor la cercanía de Jesús. Me sorprendí mucho la primera vez que, en tierras de misión, una catequista se acercó al misionero con el que llegamos a la comunidad un fin de semana para celebrar las fiestas del patrón, San Roque, y le dijo que en la misa dominical podría administrar el sacramento de la confirmación a tres chicos que se estaban preparando para recibirlo. Le pregunté con asombro si eso no lo tendría que hacer el obispo, recordando cómo se hacen aquí las cosas. La respuesta fue que el obispo no tenía forma de poder ir a todas las comunidades, así que allí confirmaban los sacerdotes “de a pie”. Ahí pierde sentido la rigidez de las normas. También fue un reflejo de la misericordia del Señor lo que me dijo un misionero hace poco hablando del perdón. Venía a referirse que hay pecados que en algunas personas son hasta comprensibles y tienen menos relevancia, por las condiciones tan difíciles o extremas en las que en ocasiones viven, y lo que para unos es una falta grave, en otros casos es casi una consecuencia natural de la forma de vida que a veces les ha sido impuesta. El verdadero rostro de Jesús lo vemos cuando recrimina a sus discípulos porque no dejan a los niños acercarse. La gente intuía o conocía el amor que emanaba de él, y querían que tocase a sus niños, que los bendijese, y los discípulos querían impedirlo. Pero Dios siempre está por encima de esas normas humanas, su amor siempre es superior, y vence toda la rigidez de las barreras impuestas.


Publicado

en

por

Etiquetas: