DESDE EL TERCER MUNDO

(matrimonio con un hijo, voluntarios de ONG en país musulmán, trabajan en la misión, pertenecen a comunidad cristiana)

Jesús nos dice con su vida que el camino de realización del ser humano pasa inevitablemente por el amor al prójimo. Total, desinteresado y sin medida. No percatarse de ello es no vivir en plenitud.
Entendemos la salvación como vida en plenitud, y la condena como desorientación y sinsentido. El que es salvado salva y el que condena es condenado. El que vive en plenitud y ama, mejora la vida del prójimo (la salva). El que vive desorientado, sin sentido y encerrado en sí mismo y en sus intereses, no puede transmitir nada que vaya más allá (condena).
Nosotros, siguiendo el ejemplo que nos da Jesús, estamos también destinados a ser salvados y a salvar. Todos tenemos la capacidad de “salvar” y de “condenar”; a veces nos es más fácil la segunda que la primera, si actuamos con prejuicios e incomprensión. Pero nuestro deber es salvar: con nuestra actitud, con la relación que establecemos con las personas con las que tratamos, con nuestra sonrisa, con la mirada, con nuestro trabajo silencioso…
Asimismo, entendemos la trinidad como una invitación a compartir nuestra vida y nuestro amor, que se contrapone con la dualidad que predican otras religiones (Dios y el creyente). Este compartir lo tenemos que poner en práctica con aquellos con los que vivimos y nos relacionamos. Es lo que caracteriza nuestra Iglesia y la hace “salvadora”.


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