¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
DESDE LA FAMILA
(Matrimonio, trabajan ambos, tres hijas, pertenecen a movimiento seglar)
“ … porque no es de los nuestros”. Muchas veces nos pasa inadvertida esta tendencia excluyente desde la propia familia. Caemos, como denuncia el Papa Francisco, en la “autorreferencialidad”, en este caso familiar. Nos encerramos en nuestro “universo”, reducimos el mundo y la vida a nosotros, el trabajo y la familia; muchas veces porque las exigencias cotidianas nos desbordan; otras, en aras de una mal entendida protección “de lo nuestro”; otras, para sentirnos justificados, excusados, a la hora de no darnos más allá de sus “límites”: es tiempo, es energía, es dinero que “le quitamos” a la familia.
Vemos que, como padres, estamos llamados a no “escandalizar” a nuestras hijas con un testimonio contrario a lo que es la acogida del otro, del diferente, del de fuera, tanto en su necesidad, del tipo que sea, como en su singularidad personal, y que como familia debemos exigirnos un constante ejercicio de “empatía” más allá de nosotros mismos; de toma de conciencia de que todos “vamos en el mismo barco”, de que remamos en el mismo sentido; de que hay mucho más de lo que nos une que de lo que nos separa; de querer buscar puntos de conexión; de querer construir puentes que nos unan a los demás.
Vemos también que la crianza, la educación de nuestras hijas, su formación de cara al futuro, lo doméstico, nos arraigan más de lo que quisiéramos en la dinámica de lo mundano, y que esas “terribles” advertencias de Jesús no son sino llamadas a la felicidad “desde ya” que no deberíamos desatender; que esos “más os vale” son un “más os compensa” vivir el día a día, re-orientar la acción cotidiana (lo que hacemos -manos-, donde nos dirigimos -pies-, como enfocamos las cosas -ojos-) desde la Buena Noticia, desde la lógica y con la visión de Dios; que, en definitiva, vale la pena “instalarse” con la familia en el Reino.
DESDE LA MISIÓN
(Mujer, divorciada, trabaja, dos hijos, participante en experiencias misioneras, pertenece a grupo seglar)
En una comunidad rural pequeñita de la prelatura de Humahuaca, donde los escasos cuatrocientos habitantes (muchos de ellos, niños) viven dispersos a lo largo de un valle perdido en la inmensidad de aquellos cerros, y tardan varias horas en ir de un extremo a otro de la comunidad, hice amistad con una maestra. Estaba destinada en la escuela, y vivía en la comunidad la mayor parte del curso, en una pequeña habitación alquilada, ya que llegar a su casa, en una ciudad lejana, le llevaba al menos dos jornadas, con lo que sólo podía ir en vacaciones, o en la ocasión de algún puente largo. En esas zonas de pobreza material extrema, se vive también en un ambiente de enorme pobreza intelectual, y una persona con un nivel de formación un poco más elevado se siente más aislada todavía, porque le falta poder desarrollar esa faceta de su vida. Mi amiga la maestra sentía otra carencia más: necesitaba escuchar la palabra de Dios y hablar de Él con otras personas. Los misioneros sólo podían llegar allí dos o tres veces al año, y escaseaban los catequistas, animadores, como allí se llaman. Pero en la comunidad se había instalado un grupo de la iglesia evangélica, que celebraban sus cultos y leían la Palabra de Dios. Esta maestra, necesitando tener contacto con Dios a través de su Palabra, acudía a sus cultos a lo largo del año. En el mes que estuvimos allí se sintió muy dichosa, y venía todos los días a compartir la misa con nosotros. Cuando fue superando su timidez me lo acabó contando, muy compungida. Se sentía mal porque parecía que se había ido a “la competencia”; pero juntas repasamos estas palabras de Jesús, “El que no está contra nosotros está a favor nuestro”, y vimos que ellos en realidad le habían dado ese vaso de agua que ella necesitaba en esos momentos para saciar su sed de Dios, y no le habían hecho ningún mal. Le dejé allí mi Biblia, y probablemente ella hoy esté compartiendo la Palabra con otras personas que también la busquen. Porque en la inmensidad de aquellos cerros perdidos, con todas las carencias materiales e intelectuales, Dios había encontrado hueco en su corazón y se había instalado en él.
¡Cuánto más deberíamos rezar por la unidad de la iglesia cristiana! Con frecuencia nos olvidamos de que todos somos hijos del mismo Dios, y nos empeñamos en hacer insistencia en las pocas cosas que nos separan, olvidando todo lo que nos une.
SEGUNDO PASO: MEDITATIO
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