¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.
DESDE LA JUSTICIA
(hombre, casado, tres hijos, trabaja, abogado)
“Todo el mundo te busca”, y en esta época de nuestra existencia podríamos añadir que muchos de ellos ni lo saben. El “ruido”, la inercia de los días, el propio trabajo, la preocupaciones, lo que nos venden y sin saberlo consumimos, todo ello nos desorienta, nos ningunea y sin embargo siempre descubro esa necesidad tanto en mí como en las personas con las que me relaciono en mi mundo profesional, por muy escondida que esté, al final somos miembros de un solo cuerpo y necesitamos estar en paz y buscar la esencia de Jesus, su mensaje de salvación. En el día a día de un abogado se puede palpar esa necesidad hasta en los problemáticas más personales, donde la inquina y el odio se apoderan de nuestros clientes, pero finalmente siempre hay un resquicio para la “paz”, y ahí te encuentras como colaborador de una justicia enferma, tratando de ver el problema desde fuera y llevarlo y orientarlo hacia la sensatez y al mejor interés a futuro de tu cliente, que muchas veces, no coincidirá con el primer objetivo de éste. Difícil tarea, sobre todo cuando hay que aplicársela a uno mismo, saber escoger la mano adecuada para que te lleve a quién es capaz de acabar con todos nuestros males, exige renunciar a muchas cosas de nuestro yo. Por eso muchas veces pienso que exigimos demasiado a los demás, en mi caso, esfuerzos personales a los clientes, para lograr un fin en justicia, por un camino que a lo mejor yo no estaría dispuesto a recorrer, por orgullo y muchos defectos más. Encontrar ese equilibrio y tener presente la pertenencia a ese DIOS que te coge de la mano es fundamental. Me encanta la simbología de este texto del DOMINGO, aprendamos de ella.
DESDE LA VIDA COTIDIANA
(hombre, casado, dos hijos, trabaja, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar)
Yo no soy médico. Lo de curar a la gente se me da mal. ¡Incluso soy malo para curarme a mí mismo!. Si digo esto es, precisamente, para que suene aún más ridícula esa tentación que tengo a veces de querer ser yo el que cure a la gente, el que ofrezca soluciones, el que arregle los problemas a los demás -incluso cuando nadie me lo haya pedido-. Muchas veces peco de creer que mis palabras o mis obras son imprescindibles, o al menos, muy importantes. En esas ocasiones, asumo más protagonismo del debido en la familia, con los amigos, en los ambientes en los que me muevo… y suelo enorgullecerme en exceso de mis actuaciones, de mi pericia y de mi trabajo. Pero se me olvida una cosa importante: el único que cura es Jesús. No sólo es el único que sabe aliviar los males y expulsar los demonios de todos los que acuden a Él. Es que también ha sido el que me ha curado a mí, y el que me levanta de la cama todos los días y me ayuda a que mis circunstancias no me superen, mis preocupaciones no me dejen aturdido, mis “fiebres” no me dejen paralizado y me impidan “ponerme a servir” a los demás y al mismo Jesús, en vez de preocuparme únicamente por mí mismo. Y muchas veces esto sólo lo descubro cuando me encuentro con Dios en el silencio, en la oración… Es en ese momento del día donde repaso mi vida, y me cuestiono ante Él si realmente estoy haciendo su voluntad sobre mí, si estoy “embarrado” en el mundo en el lugar que Él quiere en este momento de mi historia. Porque a veces, sumergido en la comodidad y monotonía de mis rutinas diarias, no soy capaz de descubrir que Dios me puede estar pidiendo algo diferente a lo que yo me he planificado, a lo que los demás esperan de mí… hacer cosas distintas, “salir a otras aldeas”, ser testigo del Evangelio en otros lugares, ambientes o circunstancias… Eso son cosas que personalmente yo sólo soy capaz de descubrir en la oración, confrontando con el Evangelio los acontecimientos, sentimientos e inquietudes que se generan en mi interior a lo largo de cada día. Una oración en la que, además, encuentro la valentía necesaria para superar mis miedos y ponerme en manos de Dios sin dudas ni vacilaciones.
DESDE LA AUSTERIDAD
(hombre, soltero, trabaja para ONG católica en país islámico)
Muchas veces me encuentro como la suegra de Simón; postergado, apático, sin ganas de continuar, cuando vez todo está cuesta arriba, sin solución, que parecen que todos los problemas vienen de golpe y a ti, no te haces entender a los demás, los demás no te entienden y te frustras por que sabes que ese entendimiento no tiene nada que ver con el idioma.
Pero por suerte el Espíritu se camufla en el beso de una niña que parece como si te quisiera agradecer que por un día la hayas sacado de la monotonía y al igual que Jesús hace con la suegra de Simón me levanta para que me ponga al servicio, para que viva.