¿A qué nos lleva el texto?
(matrimonio, 3 hijos, él trabaja, el matrimonio pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)
Justo después de las vacaciones, cuesta aún más aguantar las faltas del otro, se nos hace más cuesta arriba, ya no estamos en entornos relajados, llegamos a casa cansados, con menos actitud tolerante…Pues bien, nos viene que ni pintado este evangelio.
¿Cómo hacer?
– en primer lugar: reconocer que nosotros somos unos imperfectos, unos pecadores que imploramos la misericordia de Dios y de los hermanos que tenemos al lado. Desde este “sentirse nada”, necesitados los primeros de misericordia, se verán las cosas con otra perspectiva.
– en segundo lugar: acoger la imperfección del hermano como un reto para ejercitarnos en la valentía y la paciencia. En la valentía para no arredrarnos ante las injurias, injusticias o malas contestaciones. En la paciencia por que de esa manera seremos capaces de dulcificar nuestras respuestas, no saltaremos a la primera de cambio, no se convertirá, el pecado del otro, en un peso que nos hace perder el buen humor, que nos hace hervir por dentro.
¿Por qué? Pues por que sencillamente, si perdemos la paz pensando en su pecado, automáticamente se nos “avinagra” el rostro. No, intentémoslo, seamos más condescendientes, así, nuestras relaciones, van a ganar en dulzura, en amabilidad, en buen humor… Digámonos en esos momentos en los que contamos hasta diez… ¡venga, no te preocupes, déjalo perder, poco a poco entenderá…!
No hay mejor corrección que aquella en la que descubran nuestra paciencia, a pesar de todo. Nuestra alegría no cambiará, incluso nos molestará el entrar en murmuraciones, simplemente no nos apetecerá para nada intervenir por lo mismo que decíamos antes, nuestra paz está en el Señor, y como Él, que no juzgó a la mujer pecadora, quiere estar en esa actitud de “no tirar la piedra”.