(matrimonio, él trabaja, con cinco hijos, pertenecen a comunidad cristiana de matrimonios)
Esta lectura del Evangelio a nosotros nos evoca algo que pasa de vez en cuando por casa, y es la idea de estar en tinieblas, como le ocurrió a Lázaro.
Todos necesitamos una mano de alguien que nos quiera y que nos ayude a salir de nuestras tinieblas. Esas tinieblas pueden consistir en una situación de desesperación en la que no se ve la salida ante un hecho concreto, de agobio por algo que nos sobrepasa, o cansancio que nos invita a tirar la toalla.
A nuestros hijos, a su propia medida, también les pasa. La verdad es que con ellos hemos de tener la capacidad de distinguir cuándo están caprichosos o mimosos con el único móvil de retarnos o probarnos para comprobar hasta dónde estamos dispuestos a llegar, y cuándo precisan nuestra ayuda para salir de un problema. Así, hemos de saber darle importancia a sus cosas desde su óptica, y acompañarles en su proceso hasta que vean nuevamente la luz. Una hija responsable, por ejemplo, puede agobiarse ante un examen que, según nuestro criterio, está para aprobar más o menos airosamente, pero para ella en este momento es una cuestión fundamental, y hasta que no lo repase descansada, se quedará muy preocupada y con la autoestima algo tocada. Ahí tenemos que estar nosotros, hablando con ella, compartiendo su “problema”, repasando con ella si hace falta y ayudándola a superarse. Ya tendrá tiempo de crecer y aprender a relativizar, pero tenemos que respetar el hecho de que ahora, para ella, es una cuestión importante…¡y tener mucha paciencia!