SEGUNDO PASO: MEDITATIO

¿Qué nos dice el texto?
Distintos laicos hacen una breve sugerencia para la vida seglar. Cada uno contempla el Evangelio desde una dimensión de la vida laical.

DESDE LOS NECESITADOS
(hombre, casado, 2 hijas, trabaja en caritas, pertenece a movimiento seglar)

“Vete primero a reconciliarte con tu hermano”. Estas palabras de Jesús me recuerdan una idea que el sociólogo Fernando Vidal plantea, que es la importancia de la reconciliación con las personas que viven en situaciones de exclusión social. En otros comentarios he planteado que la exclusión es un acto de violencia, por lo que acabar con la exclusión exige la reconciliación entre los que vivimos en el “sector integrado” y aquellos que han sido expulsados de la construcción en común de la sociedad.
Y este, posiblemente, para la mayoría de nosotros, no se trate de un pecado personal, pero formamos parte de un “pecado estructural”, de una sociedad que margina a un grupo importante de personas.
Y Jesús nos dice “deja tu ofrenda, ve y reconcíliate”. Pero, ¿cómo puedo yo, como miembro de esta sociedad, facilitar la reconciliación con quienes padecen procesos de exclusión social?
No se trata simplemente de ayudar, de trabajar, de dar, etc… sino que se trata de encontrarnos y romper esa relación que excluye, que margina, que nos pone por encima, a veces incluso desde la ayuda. Es importante lo que hacemos, pero más lo es cómo lo hacemos. Reconciliarnos con quienes padecen procesos de exclusión social es encontrarnos de tú a tú, mostrarle con nuestra forma de relacionarnos que para nosotros es importante, desterrar los prejuicios, aceptar las diferencias,  creer en sus posibilidades, olvidarnos de nosotros, “los que ayudamos” para centrarnos en el otro, el auténtico protagonista.
Podemos hacer muchas cosas, buenas y necesarias, pero para luchar contra la exclusión es necesaria la reconciliación, que solo brota de lo más profundo de nosotros, donde somos capaces de encontrarnos con nuestro hermano que, igual que nosotros, solo busca caminar y ser feliz.

DESDE LOS ABUELOS
(mujer, casada, jubilada, 3 hijos, 2 nietos, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar)  

Nunca he llegado a entender muy bien porque cuando escuchamos el evangelio unas veces se nos dice “lo que este evangelio quiere decir” y le damos una interpretación y    otras se nos dice  “lo que este evangelio dice”  y lo tomamos al pie de la letra. Y esto es con lo que me tropiezo en mi entorno en relación con el  evangelio que hoy  nos ocupa. Porque lo de ir al altar habiéndote puesto en paz con el hermano, limar desacuerdos, parece a simple vista que todos  lo entendemos. Pero hay situaciones en esto  es mucho más complicado.  He luchado contra corriente ante la situación irregular de una persona que perteneció en otro momento a la que hoy es mi comunidad y que desearía volver, y me he encontrado con un muro infranqueable, un muro de legalismos que no llego a entender. Me voy a quedar solo con una cosa de este evangelio que me parece lo fundamental: el Señor ha venido a “dar plenitud” y entre otras cosas, eso implica  ensanchar nuestro comportamiento humano y liberarlo de los peligros del legalismo. Porque a veces algo puede ser legal pero también puede ser inmoral y no ser ético… Pero… ¿Dónde separamos lo que está bien de lo que está mal? Porque puede ocurrir que lo que está bien para mí, puede no estar bien para otros. O al revés.  No, no, no… mira: el bien es el bien y el mal es el mal y punto. Si además la Santa Madre Iglesia ha definido lo que es el bien y lo que es el  mal, entonces no cave discusión. Bueno,  pues  yo ante esto que algunos lo ven tan claro y lo hacen tan tajante,  tengo mis dudas… a veces serias dudas. Sobre todo cuando lo apostillamos con: “Es que la Iglesia dice”… y esto me bloquea, más aún, me duele… pero ¿qué estamos haciendo?. Estamos hartos de oír que Dios quiere que caminemos hacia un mundo más humano y más justo, y lo importante no es contar con personas observantes de leyes, sino con hombres y mujeres que se parezcan a Jesús. ¡Cuánto hablamos del amor de Dios!, ¡De la Misericordia de Dios!, ¡del Perdón de Dios!, ¡del Dios Padre/Madre!. Jesús no vino a abolir la ley sino a darle plenitud. Si, la Ley debe cumplirse, pero yo no quiero ser esclava de normas ni preceptos, sino tener la misma actitud de Jesús  ante la ley; una ley que nos tiene que ayudar a vivirla más desde el corazón, desde lo profundo, desde Dios.


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