((hombre, casado, con tres hijos, trabaja, miembro activo de dos movimientos sociales, pertenece a comunidad cristiana)
Dios nos vuelve a zarandear y descolocar. Para “salvar al mundo”, para mostrarnos el camino de la verdadera humanidad, para realizar el sueño más grande que podamos soñar, Dios se encarna en lo más débil, sencillo e insignificante. Es como si Dios nos dijera: ¿no os enteráis de que aunque soy lo más grande sólo quepo en los más sencillo, que aunque todo lo puedo, sólo quiero poder por amor, que la única manera de ser grande ante mis ojos es ser el siervo de todos por amor? ¿O es que vuestra “tiniebla” os impide ver la luz que surge de lo más pequeño y excluido y seguís empeñados en sentiros seguros con vuestro dinero, estatus social o poder?
Por eso hoy, más que nunca, se puede esperar que las realidades más pequeñas, pero más preñadas de amor y justicia, pueden cambiar nuestra vida y nuestro mundo.
Es posible esperar la “sinergia de microutopías”, que están presentes pero invisibilizadas en nuestra sociedad.
Hoy podemos convencernos de que es necesario siempre mirar hacia abajo, encarnarnos en los lugares y con las personas que no cuentan en nuestras sociedades y que cada vez son más numerosas en un mundo donde los poderes quieren crear un mundo de precarios, sometidos y esclavos.
La Navidad nos recuerda que debemos arriesgarnos a abandonar nuestras seguridades para ofrecernos completamente como instrumentos de su Reino.
Y tenemos que confiar en que todos los días de nuestra vida, aún en los más dolorosos, Dios seguirá viniendo a nuestra vida, como nos dije Juan en su evangelio:
¿lo sabremos reconocer y dejarnos invadir por su Amor?
DESDE LA SOCIO-ECONOMÍA
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