(matrimonio, padres de dos niños, trabajan ambos, pertenecen a comunidad cristiana)
Hay veces que tienes la sensación de que hagas lo que hagas, digas lo que digas, sientas lo que sientas, quien no quiere ver, no lo ve. Es decir, ya podemos hacer el “pino- puente” sin manos, o resucitar a un muerto, como dice la lectura, que quien no quiere escuchar no lo hace. Quienes están o viven en comunidades cristianas, saben que los proyectos personales, matrimoniales y familiares de cada uno se disciernen, también en comunidad, donde ésta, tiene “una palabra que decir”. Muchas veces, no nos atrevemos a ser francos y corregir, desde el amor al hermano, (tampoco nos atrevemos, a veces, en nuestra misma familia, pues cuánto menos en nuestras comunidades). Sin embargo, es difícil, sobre todo en las relaciones personales, en las relaciones afectivas, en las familiares, hacer ver y lo decimos también por nosotros, en cuánto y cómo estamos errando, en cuánto daño hacemos a los demás, a nuestros cónyuges, a nuestros hijos, hermanos, madres, padres, amigos, etc., e incluso a nosotros mismos y cómo llegamos al final, a la muerte, a lo inevitable, para darnos cuenta de que hemos abierto un abismo tan grande, infranqueable, que ya no queda remedio. Pedimos al Señor, que no nos creamos tan “ricos”, en todo, para que no seamos insensibles al sufrimiento humano, para que sepamos dar consuelo siempre y no lamentemos, después, el dolor que hemos producido a las personas que están a nuestro lado.