(hombre, casado, trabaja, pertenece a comunidad cristiana, voluntario de patrulla de calle en ONG católica)
Hace unos años, cuando ejercía como APJ e iba a iniciar la catequesis de la oración con los jóvenes, solía empezarla haciéndoles la siguiente pregunta: según lo recogido en los evangelios, ¿Qué piensas que hacía Jesús en su día a día? Las respuestas eran las esperadas: predicaba, curaba a los enfermos, etc. Era entonces cuando recurríamos a distintos pasajes de los evangelios y hacíamos hincapié en todas aquellas lecturas, como la de esta semana, en las que, antes de la conocida parábola, del famoso milagro o de la lapidaria locución pronunciada por Jesús, había una frase en la que se decía: “estaba Jesús orando en cierto lugar”, “habiéndose retirado Jesús a orar” u otra por el estilo. Pretendíamos hacerles ver la vital importancia que tenía la oración en la vida de Jesús y por ende, que debe tener en las vidas de todas las personas que queremos seguirle. Han pasado ya varios años y el tiempo que antes dedicaba a los jóvenes lo empleo actualmente en tratar de asistir a las personas sin hogar. Cierto es que ahora todo es diferente, ni mejor ni peor, únicamente eso, diferente. Los jóvenes con los que trabajo ahora no tienen los mismos sueños que los anteriores, a decir verdad, no tienen sueños. Las calles y parques son ahora nuestras improvisadas salas de reunión y las reuniones de grupo han sido sustituidas por encuentros con personas normalmente solas y con tremendas carencias afectivas. Sin embargo, tanto los jóvenes como los sin techo necesitan de gente que ore por ellos. Es por eso que quiero aprovechar estas líneas para pedir que en nuestra oración al Padre no olvidemos reservar un pequeño hueco para los olvidados de nuestras calles. Pidamos pues el pan para todos ellos, ya que Jesús promete que les será dado. Estos hermanos nuestros lo agradecerán y es que, para colmo de males y de entre todas las desgracias que padecen, quizá la peor sea que no tienen a nadie o casi nadie que pida por sus vidas.