(matrimonio, tres hijos, él trabaja, el matrimonio pertenece a comunidad cristiana y a movimiento seglar)
El otro día, en una boda, vi como el novio se santiguaba mal, estaba nervioso, no sabía el “protocolo” de ponerse de pie, de rodillas… Se veía que no había asistido a una eucaristía desde hace mucho tiempo. Me sentía muy crítico, cuestionaba el por qué esta gente tiene que utilizar a la Iglesia para que su boda sea más bonita y nada más. En las procesiones de Semana Santa me ocurría igual, hasta que me dí cuenta del fervor con que algunas personas le rezan a la imagen. Este novio, a lo largo de la celebración llegó a emocionarse con una canción y vi cómo le rezaba a la virgen, cogido de la mano de su mujer. Sentí cómo el Señor me interpelaba: “pero qué te crees, seguro que si en tu camino no hubiera puesto a tanta gente que te ha ayudado a crecer en la fe, a una familia cristiana, unos medios…” Me sentí mal por creerme en el derecho de opinar sobre su opción, y sentí la responsabilidad de responder a mi “compromiso” en función de los muchos talentos que el Señor me ha concedido, y que se me juzgará en función de lo que se me ha dado.
No somos nadie para cuestionar la fe de cada persona, es una relación íntima entre el Señor y ella. Lo que sí debemos es sentir el temor de Dios cuando nos comparamos con la fe de otros, por que nosotros no somos más que unos mediocres administradores de lo que el Señor nos concede cada día.