DESDE LAS PERSONAS SIN HOGAR

(hombre, casado, trabaja, pertenece a comunidad cristiana, voluntario de patrulla de calle en ONG católica)

Sólo una calle separa el portal de mi edificio del lugar donde cada noche, habitualmente entre cartones y ocasionalmente bajo una manta, pernocta Miguel. Debe rondar los sesenta y cinco años, aunque su poblada barba, su espalda ligeramente encorvada y las arrugas de su rostro, le dan la apariencia de un octogenario. Bajo una andrajosa vestimenta, pasea cada día su indigencia por las calles del barrio, rehuyendo a los que se le acercan a darle una limosna que no ha pedido. Siempre solo y sin que se le recuerde conversación alguna, su presencia no deja a nadie indiferente, pues a su paso deja los sentimientos y juicios más encontrados. Miguel es sin duda uno de los destinatarios de las palabras del evangelio de esta semana, pues en él confluyen la pobreza, el sufrimiento, el hambre y el desprecio al que Jesús hace referencia. Sin embargo, creo que estaría interpretando erróneamente las bienaventuranzas, si creyese que lo único que hace Jesús es prometer una recompensa futura a los que les ha tocado vivir en desgracia. Si bien es cierto que muchas personas se han ido y se seguirán yendo de esta vida sin conocer otra cosa que el sufrimiento, creo que cristianamente no es entendible confiar todo a unas palabras balsámicas sobre el futuro. El cielo sin duda empieza aquí, ahora, y aunque suene a quimera, la realidad de miles de personas como Miguel sería bien distinta, si todos hiciésemos un esfuerzo por vivir evangélicamente.


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